Con lo puesto y la promesa de que en un par de días las bicis estarían en el destino, tomamos un autobús rumbo a Alepo. Elegimos esta ciudad al Norte de Siria (a 50 km. de Turquía) para comenzar la ruta. A la espera de los equipajes visitamos las zonas turísticas de la ciudad. Dos días y las bicis no aparecen.
- Hoy están en Beirut y en un par de días llegarán a Damasco – nos confirma la “ servicial señorita” de la compañía aérea. - Nos dijeron dos días y nos vamos a pasar las vacaciones sin salir de esta p... ciudad -.
Al mal tiempo buena cara.
Después de cuatro días, por fin llegan las bicicletas.
Sin tiempo que perder, hacemos las alforjas y salimos disparados de la ciudad que nos ha retenido más de lo deseado. Habíamos calculado una semana para pedalear hasta Damasco, donde nos reuniríamos con nuestros compañeros de viaje. El problema de las bicis nos obliga a variar algo la ruta y a apretar el acelerador.
- ¿ El hotel más cercano ?
- 40 km. por el camino que habéis venido. Pero podéis quedaros en mi casa .
En casa de Ahmed somos recibidos como huéspedes de honor. Pero a la mañana siguiente surge un malentendido. Tratamos de explicarle que estamos muy agradecidos por su hospitalidad, pero que en nuestras alforjas no llevamos nada para compensar tantísimas atenciones recibidas. A cambio nos gustaría que aceptara algo de dinero (todo en un “perfecto inglés”). El semblante de Ahmed cambia bruscamente y tras unos segundos, aparece ofreciéndonos unos billetes.
- ¡NO, NO! Ahmed, no nos hemos entendido, mira nosotros... -
Con el rostro todavía colorado partimos de Al´Bara. La mañana es fresca y aparece una débil lluvia. Abandonamos el asfalto y nos desviamos para visitar las ruinas de Apamea. En pocos metros el arcilloso camino bloquea las ruedas y hace imposible continuar. Aparece un tractor en cuyo remolque viajan varias mujeres que nos ayudan a subir las bicis. Fotos, risas y de un salto vuelta al duro pedaleo. Otro centenar de kilómetros y llegamos a dormir a Hamah.
Nos gustaría tomarnos un día de descanso y visitar la ciudad. Pero nos conformamos con media jornada para disfrutar de sus gigantes norias de madera, con las que los habitantes tomaban agua del río Orontes.
De nuevo en la bici, rumbo Este hacia el desierto. En casa de Sinam volvemos a comprobar la hospitalidad del pueblo sirio. A diferencia de lo acontecido en casa de Ahmed (donde las mujeres estaban aparte), encontramos ahora una relación más natural en la que todos los miembros de la familia sin excepción cenan y ríen con nosotros.
Por suerte el viento pega fuertemente de culo, por lo que casi sin esfuerzo, volvemos a ver tres cifras en el cuentakilómetros. Pedimos permiso para colocar nuestra pequeña y colorida haima al resguardo de una casa. Pronto somos rodeados por una docena de chavales, que en volandas nos llevan a su interior. Esa noche dormiremos con el octogenario abuelo. Son pastores y no hablan prácticamente inglés, por lo que recurrimos al viejo truco: desplegamos sobre el suelo el mapa, explicando el camino recorrido y dónde queremos ir. – Estos tíos están locos – piensa más de uno.
Antes de volar a Siria, teníamos ciertas dudas de cómo seríamos recibidos. Máxime cuando el país que aparecía en nuestros pasaportes había colaborado en el genocidio de su vecino Irak. Apenas había transcurrido un mes de los atentados de Madrid y la ola de secuestros iba in crescendo. Detrás de cada taza de té, manaba irremediablemente el tema de la guerra y siempre acabábamos coincidiendo en lo absurdo e injusto de ésta. Durante nuestra estancia en Siria, sus habitantes nos informaban de la decisión del regreso de las tropas, por parte de ZP. Por lo que teníamos un nuevo tema de conversación: Zapatero good, Aznar and his friend Bush no good .
Después de cinco jornadas de pedaleo avistamos la ciudad de Palmira, un oasis en mitad del desierto. Si por algo es conocida la antigua ciudad de Tadmor es por las magníficas ruinas de lo que en su día fue un punto estratégico del comercio entre Persia y el Mediterráneo. Es viernes y familias enteras se reúnen a la sombra de las ruinas para merendar y celebrar el día festivo.
Han volado nueve días y nuestros amigos llegan mañana a Damasco. Tomamos un autobús que nos lleve puntuales a la cita.
Mientras degustamos un sabroso kebab, nos faltan palabras para narrarles a Aurora, Javi y Aitor todo lo acontecido hasta la fecha. Dedicamos un par de días para
En pelotón de a cinco abandonamos Damasco, según cuentan, la ciudad permanentemente habitada más antigua del planeta. Buscamos carreteras poco transitadas que nos lleven a Jordania. Como viene siendo habitual desde que comenzamos el viaje, no pasan muchos kilómetros sin ser invitados a tomar té. Pero existe un nuevo problema: Dentro de la comitiva va una fémina un poco ligerita de ropa, para el gusto local. En un abrir y cerrar de ojos, Aurora es ataviada a la última moda beduina.
Aburridos de tener que contar una y otra vez lo mismo, rechazamos la oferta local para quedarnos en sus casas. Buscamos un lugar tranquilo donde colocar las haimas de campaña. Grave error, en cinco minutos toda la chavalería y alguno no tan joven nos acompaña en el montaje del campamento.
En la ciudad universitaria de As Suwayda, mujeres a la última moda contrastan con otras, a las que el sol tan sólo se les cuela a través de una abertura a la altura de sus negros ojos. Nuestros comentarios suben de tono cuando estas últimas, se detienen ante los escaparates de las miles de lencerías que vemos por todo el país. Nos cuesta imaginar que debajo de tantos metros de tela, puedan llevar prendas tan minúsculas y sugerentes.
Una exquisita y variada cena nos hace olvidar los últimos kilómetros. Y tras una movida noche en la azotea del restaurante, visitamos las ruinas y el anfiteatro romano (uno de los mejor conservados).
De esta manera llegamos a la frontera jordana. Cambiamos dinero, papeleo y nos despedimos de Siria.
FRONTERA SIRIA - MA´DABA (200 km.)
Jerash queda a tiro de piedra, por lo que levantamos el campamento y nos tomamos medio día de descanso para visitar sus famosas ruinas. Por la tarde, un interminable descenso nos conduce al valle del Jordán.
Pedaleamos ahora paralelos al río que da nombre al país. La proximidad con Israel y la franja de Cisjordania obliga a detenernos en numerosos controles. Comprando algo para cenar, un gentío se agolpa a nuestro alrededor. Aitor, nuestro relaciones públicas, pronto establece una amistosa conversación con un lugareño. Casualidades del destino, llevan a juntarse a dos trabajadores de la misma empresa en este lugar. Abderramán, un emigrante de origen palestino, tras pasar 35 años en Alemania disfruta de su jubilación a orillas del Jordán. – No se hable más. Os venís a mi casa -. A pesar de contar con más de setenta años, nuestro anfitrión es todo vitalidad. Nos comenta, que andan buscando una hermanita a sumar a su numerosa prole. ¡Aupa Abderramán!
El valle del Jordán muere en el mar Muerto, por lo que para salir de aquí (400 metros bajo el nivel del mar), nos toca sudar un rato. Un durísimo puerto nos eleva hasta Ma´daba. Agotados, decidimos quedarnos un par de noches para descansar.
En nuestro día libre, Aurora y yo pedaleamos hasta los manantiales de aguas termales de Hammamat Ma´in. Según hemos leído, éstos desaguan en el mar Muerto, por lo que acompañando al río unos kilómetros daremos con él. Con los pies recocidos caminamos por el encajonado valle hasta que, lo angosto y escarpado del lugar, nos impide continuar. Unos anclajes nos indican que la única forma de seguir es mediante un rápel. Es una pena, pues casi podemos oler la sal. Con las orejas gachas, volvemos por el mismo camino. Mientras tanto, nuestros compañeros sí que han encontrado una forma más cómoda de llegar al mar Muerto y flotan relajadamente en sus densas aguas.
Tres jornadas de pedaleo nos llevarán al siguiente objetivo. Pero antes debemos de superar varios obstáculos que nos depara el camino. Por un lado están los wadis. Estos son profundos valles que discurren perpendiculares a nuestra dirección. Al contrario que los puertos de montaña, debemos bajar para luego tener que remontar una media de 1000 metros de desnivel. Por otro lado están las gracias de los niños. Desde que entramos en territorio jordano nos hemos convertido en la diana de sus fechorías. –Os podíais meter las piedritas...- Por último y para desconsuelo nuestro, las vacaciones de Aitor llegan a su fin. Nos quedamos sin traductor, pero lo que es peor, sin sus agradables sobremesas.
Así arribamos a Petra, uno de los platos fuertes del viaje. Normalmente la gente comete el error de dedicar tan solo unas horas a esta maravilla. A nosotros, se nos quedan cortos los dos días que dedicamos a visitar la ciudad antigua. Espectaculares parajes esconden templos y tumbas de la época nabatéa.
En pocos kilómetros, el paisaje cambia bruscamente y casi sin enterarnos nos adentramos en el desierto. Aparecen los primeros rebaños de camellos y la arena amenaza con hacer desaparecer el camino. Cuando el sol alcanza su cenit, aprovechamos la mínima sombra para descansar.
La banda asfaltada por la que venimos rodando muere en las arenas del desierto de Wadi Rum. Nos tomaremos otro par de días para recorrer estos paisajes de película.
Jordania dispone de pocos kilómetros de costa. Pero por ello, sus aguas no pierden el encanto que convierten al mar Rojo en uno de los destinos favoritos para bucear. Unas gafas y un tubo nos llevan por unos instantes a flotar por otro planeta.
Un autobús nos devuelve a la realidad, el viaje se acaba y nos dirigimos a la capital, Amán, donde tomaremos un avión de regreso a casa.
Nos despedimos de Siria y Jordania con la
- A pesar de que el principal interés turístico de ambos países es sus vestigios arqueológicos, Siria y Jordania ofrecen mucho más que piedras antiguas
- La primavera parece la fecha ideal para realizar un viaje por la región. Esta nos recibió con temperaturas frescas al Norte de Siria y días muy calurosos al Sur de Jordania. La lluvia sólo nos visito en una ocasión.
- El viento predominante de la zona es el que sopla fuertemente del Oeste.
- Pedaleamos 1200 kilómetros por carreteras en su mayoría bien asfaltadas. Por lo que una cubierta mixta para la bici puede ser suficiente. Algún inoportuno pinchazo se convirtió en la única avería.
- Durante el viaje bebimos agua del grifo con toda tranquilidad sin tener que correr al baño en ninguna ocasión.
- El idioma no fue una barrera insalvable. Aunque nosotros no entendíamos ni “papa” de árabe, parece que las parabólicas han sustituido al “home english”. Además nosotros teníamos a Aitor.
- Cambiamos sin problemas euros por libras sirias o dinares jordanos.
- Volamos desde Gasteiz con el visado sirio. Y conseguimos fácilmente el jordano, en la embajada que este país tiene en Damasco.
- Para una sociedad mayoritariamente musulmana y por tanto muy conservadora, nuestra indumentaria encima de la bici no supuso un grave problema. Aunque la parte femenina del grupo recibiera alguna que otra mirada lasciva.
- No olvidar descalzarse al entrar en sus casas. En cierta ocasión, al vestirnos de nuevo los calcetines, comprobamos que éstos habían sido lavados.
- En señal de agradecimiento a la hospitalidad de la gente, optamos por llevar dulces y pasteles en nuestras alforjas.
- No obstante, una tienda de campaña nos dará gran autonomía.
- No dejar de degustar los pastelitos de pistachos del Norte de Siria..
- Viaje realizado por Aurora Segurola, Aitor Mújica, Javier Ortiz de Martioda, Eddy Gómez y Rubén Segura, del 15 de abril al 15 de mayo del 2004.