PETRA- AQABA (170 km.)
Dedicaríamos un tercer día para visitar Petra y sus alrededores, pero el tiempo apremia y nos quedan lugares interesantes por recorrer.
En pocos kilómetros, el paisaje cambia bruscamente y casi sin enterarnos nos adentramos en el desierto. Aparecen los primeros rebaños de camellos y la arena amenaza con hacer desaparecer el camino. Cuando el sol alcanza su cenit, aprovechamos la mínima sombra para descansar.
La banda asfaltada por la que venimos rodando muere en las arenas del desierto de Wadi Rum. Nos tomaremos otro par de días para recorrer estos paisajes de película.
Al tratarse de terreno arenoso no tenemos otra opción que aparcar las “fatigadas” bicicletas y contratar los servicios de Saut y su destartalado Toyota. Los siguientes días transcurrirán por parajes espectaculares: montañas de arenisca “jebels” esculpidas caprichosamente por el viento, puentes de roca, enormes dunas de arena roja... Cuando el sol desaparece en el horizonte, las abrasadoras horas del día dan entrada a una fría noche, ideal para soñar bajo millones de estrellas.
Comentamos con Saut la posibilidad de llegar a Aqaba a través del desierto. Existen tramos imposibles de pedalear pero fáciles para perderse. Este “se ofrece” a acompañarnos con su viejo jeep hasta el asfalto. Una treintena de kilómetros más y estaremos a orillas del mar Rojo. Las últimas pedaladas las haremos acompañadas por el negro humo de centenares de camiones que se dirigen a Arabia Saudí, así como al golfo de Aqaba, única salida al mar del país.
Jordania dispone de pocos kilómetros de costa. Pero por ello, sus aguas no pierden el encanto que convierten al mar Rojo en uno de los destinos favoritos para bucear. Unas gafas y un tubo nos llevan por unos instantes a flotar por otro planeta.
Un autobús nos devuelve a la realidad, el viaje se acaba y nos dirigimos a la capital, Amán, donde tomaremos un avión de regreso a casa.
Nos despedimos de Siria y Jordania con la
esperanza, de que la sinrazón de la guerra no se cebe de nuevo sobre éstos, ni sobre ningún otro lugar del planeta. Que el respeto y la razón se impongan a los intereses de unos pocos y la indiferencia de todos.
En pocos kilómetros, el paisaje cambia bruscamente y casi sin enterarnos nos adentramos en el desierto. Aparecen los primeros rebaños de camellos y la arena amenaza con hacer desaparecer el camino. Cuando el sol alcanza su cenit, aprovechamos la mínima sombra para descansar.
La banda asfaltada por la que venimos rodando muere en las arenas del desierto de Wadi Rum. Nos tomaremos otro par de días para recorrer estos paisajes de película.
Jordania dispone de pocos kilómetros de costa. Pero por ello, sus aguas no pierden el encanto que convierten al mar Rojo en uno de los destinos favoritos para bucear. Unas gafas y un tubo nos llevan por unos instantes a flotar por otro planeta.
Un autobús nos devuelve a la realidad, el viaje se acaba y nos dirigimos a la capital, Amán, donde tomaremos un avión de regreso a casa.
Nos despedimos de Siria y Jordania con la

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